La última vez que vio uno de esos programas de las tardes salió una mujer leyendo un "poema" que le había compuesto a su ex-marido. En él se mezclaban con absoluta disonancia y profusión las palabras "puta", "follar", "bastardo", "baboso", "gusano", "cabrón",... y las expresiones "hijo de puta", "métela en una lata", "fóllate una gallina"... ¿Tenían los niños que oír todo eso? No le extrañaba que, hoy en día, estuvieran tan resabiados. Deberían denunciar a las cadenas de televisión y prohibir esos programas. Al menos, a esas horas. Y no solo por las expresiones soeces y los tacos, sino también por las mismas historias que contaban. Si él, que era un adulto, quedaba afectado tras escuchar uno de esos relatos, pensando que la vida era una mierda y que no podías confiar en nadie porque tu mismo hermano se estaba acostando con tu mujer, o porque tu hijo podría estar vendiendo droga en las discotecas, ¿qué pensaría un niño, que todavía no tiene la mente formada, oyendo esas historias supuestamente sacadas de la realidad? Acabaría llegando a conclusiones como que el mundo es una cloaca, que había que desconfiar de toda la gente incluida la propia familia, que debería sobrevivir con uñas y dientes, como los animales... En definitiva, volverse como uno de esos canallas sinvergüenzas para no ser un tonto o una víctima en esta sociedad. ¿Cómo afectarían esos programas a toda una generación de niños que, en lugar de recordar de su infancia sus dibujos animados preferidos, recordarían las historias más duras e impactantes de los programas del corazón? Niños que habían sido obligados a madurar más rápidamente, a golpe de pantallazo y crónica rosa. ¿Estaríamos creando una generación de depresivos o de monstruos?
|
—...pero no tienes idea de lo duro que es, psicológicamente, dar clase a los chavales. Hay mucha gente que no aguanta. Yo tenía un antiguo compañero de carrera que no soportó la presión de ser profesor en un instituto. Al pobre no le hacían ni caso, así que acabó llevándose a su madre a las clases para ponerles firmes. Como lo oyes: ¡a su madre! La mujer estaba allí, haciendo punto mientras él daba la clase. Increíble, ¿verdad? —¿Y os acordáis del Viyujas? —dijo Mariló, acariciando su cadena de oro—. ¿El que daba historia hace unos años? Ese se metía en el armario-perchero de la clase cuando los chicos se ponían insoportables y cerraba las puertas. —Ya ves —le dijo Fernando a Daniel—. Si te toca una clase revoltosa, es para vivirlo. Ni siquiera se puede razonar con ellos.
|
Daniel había llegado a la conclusión de que el negocio de vender casas de segunda mano era un auténtico chollo en ese momento. No necesitaba mucha inversión inicial. Los beneficios eran escandalosos, y los pisos casi se vendían solos. Por mucho que Laura le dijese que no era algo fácil, ella no tardaba más de uno o dos meses en venderlos. La jefa de Laura, la dueña de la diminuta empresa, se llevaba entre quinientas mil y un millón de pesetas por cada piso que colocaba, muchas veces en dinero negro. Con que vendieran uno al mes, los beneficios eran muy grandes para el poco trabajo que implicaba, y vendían bastantes más de uno y de dos inmuebles cada mes. Era un negocio redondo. Casi tanto como el de la consultoría, pero mucho más fácil y menos arriesgado. Por eso, no era extraño ver cómo los pequeños negocios de venta de pisos estaban empezando a surgir como las setas tras la lluvia, y cómo los periódicos se llenaban cada vez más de páginas y páginas con las ofertas de segunda mano de las agencias.
|